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Conversando con José Cruz Ovalle

Apuntes de una conversación con José Cruz Ovalle, arquitecto
Santiago, 2013.

Pensamiento arquitectónico y creación artística. Quisiéramos conocer tu pensamiento sobre la arquitectura, la reflexión que está detrás de tu obra.
JCO: Es que veo la reflexión de cada obra como algo que no está detrás o incluso dentro de ella, la entiendo como parte de ella. Dicho esto es necesario indicar que entiendo a la arquitectura como un arte, en tanto se trata de una concepción de mundo y no simplemente de edificación. Por cierto un arte de ubicar, asunto por el cual cuando exponemos nuestras obras podemos ubicar lo que decimos. Y hacerlo significa tomar una postura que da cuenta de lo que es encontrarse creativamente con la propia época. Por ello la arquitectura abre mundo, y no se limita a construir y mantener lo ya abierto. Lo he dicho muchas veces: el hombre vendría a ser una suerte de anti-pájaro, en el sentido siguiente.

¿Te imaginas unos pájaros que rehusaran hacer su nido o decidieran cambiar su forma?
Pero pájaro y nido constituyen, por así decirlo, ontológicamente un mismo momento. Por eso, el nido es algo que al pájaro le viene dado. Pero precisamente existe arquitectura porque la casa del hombre no está dada de una vez para siempre, como el nido para el pájaro. Sino en permanente disputa. Es que cuando nombré como propio de la arquitectura la palabra “arte” estaba refiriéndome exactamente a eso: aquello en lo que no hay palabra final, porque forma parte de las dimensiones del mundo, en tanto lo que no nos ha sido dado, como puede serlo la tierra. Por eso, nociones como el progreso, tienen sentido en lo que se refiere a la ciencia y la técnica; tocan por tanto a la construcción pero no así la esencia de la arquitectura. Ciertamente las técnicas constructivas progresan, tal como lo hace la tecnología y la ciencia en general, pero no la arquitectura. Esta simplemente cambia, no progresa. Si lo que digo fuese falso nadie estaría interesado en conocer obras de arquitectura construidas hace siglos. Y digo bien de hace siglos y no del “pasado”, porque para la arquitectura precisamente ello no es algo pasado. Porque no es algo ya superado, como lo es cualquier máquina de hace veinte, cuarenta o sesenta años. Una máquina superada por la tecnología es lo que en castellano llamamos “trasto”: lo inservible, aquello que se vuelve un estorbo. Pero una obra de arquitectura aunque sea milenaria jamás se vuelve trasto. Puede convertirse en ruina, pero así y todo, aún la ruina puede mantener su presente,ese que nos toca con su inalcanzable… (las ruinas de arquitectura suscitan no pocas veces más interés que aquellas obras que se mantienen en pie). Y esto que parece una disquisición exagerada, a propósito de la naturaleza artística de la arquitectura, simplemente explica cómo me ubico ante el hecho de no fundamentar nunca una obra de arquitectura en cuestiones de orden técnico o, si se quiere, tecnológico. Lo cual no significa considerarlas ajenas a las obras de arquitectura. En absoluto. Solamente que tienen su entrada una vez abierto su origen, después de lo que podría llamar su momento fundante.

Tomando nuevamente el hilo, dije hace un momento que la arquitectura en cuanto arte, abre mundo. Bien, y lo hace desde algo que nos ha sido dado: la tierra. En este sentido me parece que la arquitectura abre el encuentro entre la tierra y el mundo. Y lo hace poniendo un límite, en tanto le otorga medida a la disputa del centramiento del hombre. Bien mirado, todo lo que hasta el momento he podido hacer tal vez no sea sino eso: disputar cada vez el centramiento. Y en esto hay algo significativo. Me parece que como americanos somos hijos de una coincidencia: la apertura de la tierra -de este nuevo continente- coincidió con la apertura del mundo, al completarse, por así decirlo, su enteridad. Es que para mí lo opaco de la tierra ilumina la transparencia del mundo. Esto significa que la naturaleza constituye de suyo una irradiación para una obra de arquitectura, en tanto dimensión fundante. Sin embargo la técnica, los medios técnicos a nuestro alcance, hoy en día nos permiten poder dominarla. Tal dominio la neutraliza. Y lo hace, por cierto, con la buena intención de volverla habitable, entendiendo la habitabilidad como algo a favor del confort y demás cuestiones convencionales, estrictamente convencionales. Todo ello, precisamente, porque no se tiene en cuenta que la dimensión artística es aquella por la cual la arquitectura puede volver favorable lo desfavorable. Esto es asunto crucial. Pero más de alguien podría decir por qué hablo tanto de naturaleza si ella existe solo en muy pocos lugares del planeta, y mas bien no precisamente en aquellos en los que nos toca trabajar a los arquitectos.

Debo aclarar que entiendo por naturaleza todo aquello que nos es otorgado por la tierra -con su propia atmósfera y el influjo del sol, la luna…-, y que por tanto continúa presente aún en medio de cualquier ciudad. Es que en Nueva York, dentro del mismo Manhattan, uno de los lugares con mayor masa construida del mundo, uno sigue siendo sorprendido por la presencia de la naturaleza, por ejemplo, en esa forma como en primavera nos puede azotar el viento frío al asomar el cuerpo en cada esquina, y que a veces no da tregua. El Pabellón de Chile en Sevilla precisamente planteó esa relación con la naturaleza, intentando, como dije antes, volver favorable lo desfavorable del clima de Sevilla: el azote del sol y el calor extremo. Y se trataba que ello confiriera forma. Es que para la arquitectura la circunstancia crea forma.

Y volviendo nuevamente a esto de la tierra, creo que cada obra también disputa el asunto de su gravitación. Que no es solo una cuestión literal, de la física, referida a las estructuras portantes de una obra de arquitectura, sino algo propio del habitarla: ¿cuál es el modo de dejar colocado el cuerpo en relación a la tierra? ¿Cuál es esa medida entre atraerlo hacia ella o hacerlo flotar, en cada obra? Y cuando digo esto me viene a la cabeza una película de Tarkovski en que creo ver cosas de estas….

Dicho todo lo anterior alguien también podría preguntarse por qué el arte requiere de tanta cavilación si el talento y la intuición son definitivamente asuntos fundamentales de la creatividad. Ciertamente lo son, pero hay que entenderlos más allá de la mera espontaneidad, aquella de la pura ocurrencia, en que lo sensible pierde la compañía de lo inteligible. La relación de estas dos dimensiones de la cabeza y la mano, por así decirlo, son, a mi entender, el asunto de la arquitectura. Si hay una disciplina que requiere de la elaboración de esta relación, esa es la arquitectura. Porque entre acometerla y consumarla hay una enorme distancia. Desde el principio vi a las vanguardias del siglo XX como la apertura de una creatividad razonada para el arte, cuestión que de algún modo está presente en Grecia y que el renacimiento hizo esplender; Leonardo o Vitrubio dan cuenta de ello. ¡Todo esto es un presente para nosotros!

Estás hablando del proceso “creativo”… entonces preguntemos directamente, ¿qué haces cuando te llega un encargo, cuando se te encarga un proyecto de arquitectura?
JCO: Un encargo para mí es algo que cae encima, como un fardo. Pero un fardo de paja aturde, pero no daña. Ahora bien, si uno se sumerge en este aturdimiento es posible conseguir dentro de sí un cierto vacío. Los griegos seguramente hubiesen dicho que este aturdimiento otorga aquel silencio necesario para oír el soplido de las musas… No es fácil explicarlo, pero en realidad ese aturdimiento es el que nos hace quedar en cero, más bien, volver a cero, es decir a una ausencia; algo así como “volver a no saber” que decía Godofredo Iommi. Un estado de desnudez creativa. Por ello, el inicio de una obra se me presenta como un camino primeramente hacia atrás, nunca hacia adelante. Volver a cero significa aquí suspender, quedar suspendido, para poder desprenderse. ¿Desprenderse de qué? De aquello que superponga delante de nuestra mirada algunas conformaciones que la prefiguran: de la representación y de ciertas configuraciones que trae, por ejemplo, el pensamiento matemático, que están inscritas desde hace mucho en nuestro modo mirar la realidad.
Precisamente este acometer así, retrocediendo, suspendiendo, es un camino tan distinto a aquel que habita en el corazón de lo matemático- científico, con su interna positividad, que lo impele a avanzar hasta concluir y consumar su propia tentativa. Camino éste que, por cierto, ha impregnado desde hace mucho todo el quehacer occidental; y también al arte y la arquitectura. Es que este modo en que entiendo el inicio de una obra de arquitectura, ojalá pueda entenderse, no es simplemente para mí un modo de comenzarla sino de originarla. Porque entiendo que una obra no es pura generación sino que requiere de un origen. Si concibiera la arquitectura como pura generación, no dudaría por ningún momento en entender que el inicio de una obra es simplemente partir hacia adelante ¡y sin perder tiempo! Pero esta pérdida de tiempo producida por del aturdimiento que, por así decirlo, me devuelve a una ausencia, hace de cada obra un cada vez: caso único que no se repite.

¿Cuál es la tarea de los arquitectos respecto…..
JCO: Es que la pregunta supone la existencia de una realidad generalizable: los arquitectos. Si algo tienen los oficios creativos o artísticos, es que resultan esquivos a ser generalizados. Cada cual ha de habérselas con tener que inventar su propia tarea…, tantas como arquitectos haya. Porque me parece que no hay un modelo único de arquitecto en el mundo de hoy, y tampoco veo por qué debería haberlo. Esto es algo que se descalza del lenguaje del mundo, que por cierto, se ha vuelto casi homogéneo. Es que en verdad se trata pura y simplemente de lo que podríamos llamar, lenguaje del poder, el que habla solo desde la generalidad.

¿Que diferencias hay entre el diseño y la arquitectura?
JCO: Me parece que tu pregunta, queriéndolo o no, está poniendo en relación al diseño y a la arquitectura y por tanto responderla no permite referirse simplemente a cada cual para con ello dejar establecidas las diferencias. Es bastante más complejo porque se trata de una relación que hay que ubicar; en mi caso ella es “desde” la arquitectura. Entonces, desde la arquitectura creo que le llamamos diseño a algo así como la respuesta formal a aquella dimensión mecánico funcional de una parte, para acoger el uso y/o la solicitación mecánica a la que está sometida. Pero debo aclarar que esto que se designa con la palabra diseño no era asunto constitutivo de los proyectos cuando yo estudiaba arquitectura. Aunque ciertamente los arquitectos de la Bauhaus lo habían introducido en la primera mitad del siglo XX, fueron tal vez los italianos quienes comenzaron ese camino de tratar a una parte de la obra con la intensidad que se trata un objeto: la barandilla de una escalera, el pasamano… Porque ellos eran también diseñadores de objetos.

Precisamente me parece que el diseño, es el que hace de la cosa objeto. Y como tal procede desde una direccionalidad que “resuelve” esta suerte de ecuación creativa, mecánico funcional, con un lenguaje plástico. Pero en el objeto, conclusividad y finiquito fáctico coinciden, en cambio, una obra de arquitectura lleva consigo una dimensión inalcanzable: un límite que no termina de cerrarla. Un hiato o fisura que la hace permanecer abierta y como tal es lo más diverso a un objeto. En cambio, la naturaleza conclusa del objeto lo cierra sobre sí mismo, pues en el objeto conclusividad y finiquito fáctico coinciden. Creo que entender a la obra de arquitectura como “objeto arquitectónico” es en cierta forma entenderla desde el diseño. Así, mientras el diseño es unívoco y concéntrico la arquitectura es multívoca y excéntrica. Si lo propio del primero es abocarse sobre una cosa o sobre las partes de una obra consideradas en sí mismas, la arquitectura lo hace sobre la totalidad. Por ello la arquitectura ha de habérselas con la extensión, con aquello que va desde la inmediatez hasta la lejanía. Una lejanía que en el caso de la orientación de una obra puede rebasar los límites de lo visible. Como aquellos templos que orientaban sus puertas hacia Jerusalén. Y esto de que la extensión tenga para la arquitectura orientación, significa que ella no considera el espacio como una entidad homogénea ni continua. Me parece que para el diseño el espacio es de naturaleza continua y homogénea y disputa las dimensiones desde lo que está “a la mano”, y no trata con asuntos como la orientación.

Pero hay algo importante ¿de dónde se determina, por así decirlo, el quantum de diseño que se aplica sobre la parte de una obra de arquitectura? Pues cuando se diseña un objeto, ese quantum es una medida que le viene desde sí mismo. Pero cuando se trata de una parte de una obra de arquitectura, la medida, me parece, ha de venir desde la concepción de totalidad. En verdad las obras que carecen de totalidad son aquellas en que el diseño de sus partes se vuelve desmedido. Es habitual que hoy en día la arquitectura intente suplir su falta de elaboración, la pobreza de su concepción y su miseria espacial, con una exacerbación de diseño de todas sus partes, llegando no pocas veces al empalago. Para mí un arquitecto prueba su temple y su capacidad creativa si al
menos, alguna vez en su vida, es capaz de hacer una verdadera obra de arquitectura con mocos. Quiero decir con puertas, ventanas, manillas…, de porquería, corrientes. Y también con una materia habitual, incluso carente de toda perfección en su ejecución. Esto es lo que de verdad quisiera ver alguna vez…… ¡correría a abrazar a ese arquitecto!

¿Qué define la arquitectura contemporánea?
JCO: Me parece que no es posible definirla porque hoy conviven múltiples formas de entenderla, de concebirla y de ejecutarla. Pasa algo similar a tu pregunta sobre la tarea de los arquitectos, que se supone la existencia de una realidad generalizable: la arquitectura contemporánea. Tal vez esta multiplicidad sea algo que pueda caracterizarla. Pero una cosa es caracterizar y otra definir.

La sustentabilidad en la arquitectura
JCO: Si nos atenemos a la palabra sustentabilidad, la primera condición de una obra de arquitectura es, literalmente, que se sustente, que se aguante en pie. Lo que no es cualquier cosa en un país de sismos como Chile. Actualmente se le otorga a la palabra una significación por extensión, que apunta a determinada relación con la naturaleza. Pero que la entiende de un modo calculable, en términos fundamentalmente reductibles a energía. Porque, ciertamente, casi todos los fenómenos físicos que atañen a una edificación y sus relaciones con la naturaleza, pueden ser medidos en términos de energía. La sustentabilidad es finalmente un concepto técnico, derivado de la ciencia. El que una obra sea “sustentable” es resultado de un cálculo, producto, por así decirlo, de una ecuación favorable de energía, que, en rigor, puede llegar a no decir absolutamente nada a la arquitectura. Por lo mismo hay edificaciones sustentables que no son ni más ni menos que eso: edificaciones sustentables, pero no obras de arquitectura. Es que la relación de una obra de arquitectura con la naturaleza no radica solo en asuntos calculables, reductibles a ecuaciones de energía. Es mucho más que eso. Se trata, por así decirlo, de algo anterior: si la arquitectura se yergue desde el dominio de la naturaleza en virtud de los medios técnicos a la mano, o si es capaz de revelarnos algo sobre ella. Por eso creo que la arquitectura tiene que encontrarse con la sustentabilidad desde su relación con la naturaleza. Bien, esto ya lo expliqué cuando respondí la primera pregunta.

¿Que piensas de la enseñanza de la arquitectura?
JCO: La enseñanza se ha encontrado con el cumplimiento de la utopía del acceso inmediato: cualquier alumno tiene a mano, las imágenes de casi cualquier obra de arquitectura. Entonces se produce una dificultad para hacerlos pasar por una experiencia real en el proceso creativo: aquella de parir una obra desde una experiencia primigenia. De encontrarse con las cosas. Les es muy difícil parir, porque la mayor parte de las veces se les tiende a enseñar desde referencias y no desde experiencias reales que miren desde dónde y como algo puede originarse. Aprenden a recomponer y a realizar, como se dice, refritos. Tal vez antes, la intención era que ese esfuerzo se llevara cabo, por así decirlo, a capella, tal como tiene que hacerlo un cantante lírico, que no puede eludir ser medido desde su propia capacidad vocal.Porque como la enseñanza universitaria en general se ha visto paulatinamente cambiada de medida, en lo que respecta a la cantidad de alumnos, para enfrentarla se hace mucho más fácil -y algunos dirían necesario- recurrir a referencias, porque ciertamente con ellas se obtienen resultados inmediatos.

Por otra parte, como cada día se dispone de más y mejores medios de representación, los alumnos pueden armar algo cada vez con menos intervención de la mano. Digamos que la mano ha ido en retirada. Los alumnos van paulatinamente ignorando dibujar. En realidad no hablo de la necesidad de tener que saber dibujar muy bien, sino de que en el dibujo hay algo sustancial porque establece una conexión entre la mano, como órgano sensorial, y la cabeza. Me parece que esto es particularmente importante porque la arquitectura precisamente es un asunto que se percibe con nuestros sentidos, con nuestro propio cuerpo, por tanto en el dibujo se hace presente el cuerpo como órgano sensible y no solamente lo que conecta el ojo y la mano. Es que un estudiante de arquitectura debe ser capaz de registrar esa realidad sensible sin intermediación, directamente, y eso principalmente es posible a través del dibujo. Pero al mismo tiempo tenemos que el acto mismo de dibujar obliga a mirar de otra forma, quiero decir, con aquella mirada que alcanza a desentrañar el modo como las cosas aparecen. El dibujo es un registro del aparecer. Un estudiante que no sabe de ello va por este mundo severamente cojo.

Entrevista: DISEÑOARQUITECTURA.CL,  por Gonzalo García-Huidobro, arquitecto PUC, MSc. UCL.
Imágenes: 
Obra Campus Peñalolén de la Universidad Adolfo Ibáñez, Hotel Explora Valle Sagrado, Hotel Explora Rapa Nui

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