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Hotel Tierra Chiloé de Mobil Arquitectos

Tierra Chiloé es el nombre del hotel que se ubica en la isla principal del archipiélago de Chiloé. Se emplaza en un terreno cuyo entorno es montañoso con pastizales, con múltiples vistas: hacia el mar, hacia los Andes y hacia los humedales de Pullao que rodean la península de Rilan.
Su arquitectura es una combinación de la antigua tradición de Chiloé con herramientas de diseño contemporáneo. Recibió el Premio Prix Versailles 2018, un galardón que reconoce a las mejores propuestas en tiendas, hoteles y restaurantes a nivel internacional.

Arquitectos: Mobil Arquitectos
Ubicación:
 Península de Rilan, Chiloé, Chile.
Iluminación: Bárbara Green.
Diseño contemporáneo: Si Studio.
Paisajismo: Catalina Phillips.
Diseño de interiores: Carolina Delpiano.
Decoración de interiores: Alexandra Edwards.
Premio: Diseño Exterior en la categoría Hoteles, del Prix Versailles 2018.
Materialidad: Tejuela de Alerce.

FASE 1
Año proyecto: 2011-2012.
Cliente: Browne e Irarrázaval LTDA.
Superficie proyecto: 1.278 m2.
Fotógrafo: Nico Saieh (web del autor).

FASE 2
Año proyecto: 2016.
Cliente: Tierra Hotels.
Construcción: 2017.
Superficie proyecto: 2.608 m2.
Fotógrafo: Cristóbal Palma (web del autor).

“El Hotel Tierra Chiloé es una construcción muy pragmática, cómoda y eficiente. Creo que fue reconocido porque es un edificio con mucha identidad, por su fachada, su geometría, por la forma que se levanta en el terreno. No trata de ser un falso histórico ni nada pintoresco de la zona. Es una obra de arquitectura que pretende permanecer en el tiempo”
(Anthonio Lipthay de Mobil Arquitectos, Prix Versailles 2018)

Memoria de los Arquitectos.
El hotel en su primera fase fue diseñado con tres niveles que interactúan con el paisaje natural. La planta baja tiene amplias ventanas que abarcan desde el piso al techo y el sótano es un espacio tipo cueva con algunas vistas al exterior.

Además el exterior está revestido con tejas de madera teniendo en cuenta la identidad material de las iglesias patrimoniales e históricas de la isla que fueron construidas por los jesuitas en el siglo XVII.

Las alas del edificio están dispuestas en un ángulo obtuso y las diversas partes que componen la estructura se levantan sobre pilotes con el objetivo de alterar el suelo lo menos posible. El diseño del hotel tiene, como punto de partida, un puente que conecta las vistas lejanas y que intenta no alterar la topografía del paisaje.

Las habitaciones del hotel están suspendidas sobre el terreno montañoso en el piso superior, mientras que las áreas comunes se encuentran en la parte de abajo y tienen luz y techos que se inclinan hacia arriba, todo para amplificar la luz natural que ingresa.

Un ala tiene doce habitaciones con baños en suite. La sección opuesta incluye cinco habitaciones en el último piso, con siete habitaciones adicionales más abajo.

El diseño se basa en una serie de interiores protegidos, ya que el sitio está expuesto a condiciones climáticas extremas. Sin embargo, hay espacios para disfrutar del aire libre en días templados.

En el nivel principal, en la unión del edificio, hay dos cubiertas al aire libre a cada lado. Estas áreas públicas se unen a un salón interior, donde se ubica un bar, un área de comedor y varias áreas de descanso.

Los espacios comunes cuentan con tablas de madera en los techos para amplificar la luz cálida. Arriba, todas las paredes, pisos y techos están recubiertos de manera similar con este material, en tonos de miel, para dar cohesión al proyecto.

El diseño del hotel es el resultado de este diálogo entre proteger y aprovechar las características únicas del lugar, que en conjunto crean la memoria y la experiencia de visitar Chiloé.

Los muebles también son predominantemente de madera, y contribuyen aún más al ambiente rústico y relajado. Los detalles estructurales negros se complementan con textiles en colores negro, gris, malva y crema, todos elegidos para relacionarse con el sitio rocoso y ventoso.

En el sótano hay un spa que incluye una piscina, un spa, camarines y un centro técnico. Las puertas conducen a una segunda piscina más grande y a un patio de piedra que están cubiertos por un techo de madera que se eleva hacia la costa.

Otra parte del edificio sobresale de uno de los volúmenes principales en un ángulo oblicuo. En el interior se encuentran la cocina, la lavandería y la sala de servicio del hotel. Las escaleras cerca de un mostrador de recepción conducen a las oficinas y a un gimnasio en el nivel superior.

En la segunda fase, se incorporan 12 nuevas habitaciones –incluyendo 2 suites y 5 habitaciones familiares– que suman un total de 24, duplicando la capacidad hotelera y un nuevo spa que cuenta con una piscina climatizada al aire libre, lo que conllevaría a cumplir un nuevo desafío, darle un nuevo orden al edificio.

En su etapa inicial, se había pensado en que sería todo un éxito y demandaría una ampliación que, además de aumentar al doble la oferta hotelera, planteó la necesidad de repensar el espacio, de tal modo que se mantuviese la atmósfera primitiva del edificio y a la vez, dar cabida a un nuevo programa que generara una experiencia nueva para el turista de la isla.

En esta línea, se redefinió la función del ex comedor, el cual fue convertido en bar, habilitándolo como un punto de reunión mucho más importante que en el edificio original, lo que conllevó a cambiar la posición del comedor hacia el sur, para transformar el estar en un espacio continuo, fluido y de gran diversidad en cuanto a vistas y mobiliario, multiplicando el uso, sin necesidad de crear nuevos espacios, abusivamente, sino generar mayor programa a partir del vacío existente.

Chiloé se respira así en cada espacio del hotel y las gastronomía, por tanto, tiene un papel preponderante. La manera de incorporarla fue diseñando un gran mercado chilote donde el pasajero puede conocer cada uno de los productos típicos, pero que a la vez funciona como la despensa de la cocina de una manera real.

De esta forma, la huerta está a continuación de los comedores para que los productos de la tierra estén a la vista y a la mano. Esta es obra de la paisajista Catalina Phillips, que también incorporó flora nativa en grandes canastos de mimbre que pueden ser vistos desde el hotel y que se suman al invernadero.

Para complementar la relación con el exterior, otra novedad de la remodelación es una terraza de observación hacia el humedal Pullao y un patio interior con huertos y pasarelas que invitan al relajo y la contemplación, además de una espectacular piscina exterior.

La iluminación, en tanto, estuvo a cargo de Bárbara Green, quien privilegió el desarrollo de ambientes cálidos e íntimos, el sello más claro que tiene el Tierra Chiloé.

El nuevo diseño contó con diversos colaboradores: Claudia Peña, Gerardo Ariztía, Matilde Huidobro, Leonardo Portus, Antonia García y Justine Graham, PET Lamp (artesanos de Chimbarongo y mapuches de la agrupación Ñocha Malen), Felipe Arriagada, Mueble Campesino, Muebles Valdés, Gt2p, Nueve Design Studio, Beltrán Díaz, bravo! y Casa Sur.

Fuente: Dezeen

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