Restaurante La Diana, Barrio San Diego de Diego Vergara

El Restaurant La Diana brinda una experiencia estética, espacial y sensorial única. Es un emprendimiento gastronómico de un grupo de profesionales de distintas áreas artísticas. Esta obra forma parte de la activación del Barrio San Diego y su Centro Cultural ubicado junto a los tradicionales juegos electrónicos, al cual debe su nombre y se sitúa a un costado de la Iglesia Sacramentinos en lo que antes era el Restaurant La Jardín.

Autor: Diego Vergara.
Equipo profesional: Diego Vergara (Arquitecto), Cristóbal Muhr (Actor y artista visual), Rodrigo Arellano (Periodista y productor de cine), Tony Hornecker (Artista visual inglés).
Ubicación: Arturo Prat 435, Santiago (Costado de la Plaza de los Sacramentinos).
Colaboradores: Socios: Rodrigo Arellano (Periodista), Andrés Rodríguez (Comerciante Gastronómico) Gabriel Marticorena (Chef): Ex-Dueños del restaurante La Jardín.
Constructora: Cooperativa de trabajo Coenergia y colaboradores: Cooperativa de trabajo Kutral y Constructora APS.
Decoración y terminaciones: Cristobal Muhr.
Materiales: Madera, Vidrio, Perfilería de Acero y Refuerzo a Albañilería Simple con estuco de cemento.
Decoración Interior con Reciclaje de elementos: Cuerdas, Calaminas, Mangueras, Muletas, Decomural y Mobiliario recolectado de los Traperos de Emaús.
Publicaciones: Pola Mora: Directora de Contenidos de ArchDaily Español. Entrevista Febrero de 2016, Santiago de Chile, “En Barrio San Diego, la Arquitectura y el Jardín de La Diana” 19 abril 2016. Plataforma Arquitectura.
Fotografías: MABO PHOTO, Panoramas 360: Phillippe Bleau, Diego Vergara (Renders y Planos), Facebook: Cooperativa de Trabajo Coenergía (Fotografías de Construcción)

Memoria.
Desde la terraza del nuevo restaurant y cruzando una plaza interior, se puede contemplar la Iglesia de Los Sacramentinos, obra del arquitecto Ricardo Larraín -construida en 1911-1931 y declarada Monumento Nacional el 29 de octubre 1991-, un centro cultural en gestación, el Parque Almagro y los Juegos Diana, juegos electrónicos clásicos de la infancia del Barrio San Diego, conocidos a nivel metropolitano.

1. La Diana: Ex-Restaurant La Jardín.
El actor Cristóbal Muhr y el artista inglés Tony Hornecker  desarrollaron “The Pale Blue Door”  en distintos países del mundo, este proyecto básicamente consistía en un restaurant itinerante construido con materiales recolectados de las ciudades itinerantes y semanalmente ofrecía un menú (cena) y un espectáculo. Muhr, como actor, estaba en búsqueda de generar nuevas experiencias asociadas al acto de comer y al regresar a Chile, junto a su socio, Rodrigo Arellano (periodista), surgió la idea de poder instalar un restaurant similar en Santiago, pero de carácter permanente. Desde Factoría Italia, proyecto de Restauración de Galpones de Tidy Arquitectos (2012-2015), surge la posibilidad de instalar el proyecto en un espacio abandonado, en este caso ese espacio abandonado ya había sido ocupado antes por un Restaurant, La Jardín – ubicado a un costado del ex-Galpón deMilM2, en Bilbao 511- por lo que las condiciones eran bastante favorables al existir previamente la infraestructura y recintos necesarios para el funcionamiento del nuevo restaurant, además de patente de rubro gastronómico asociada al local. Andrés Rodríguez, quien ya conocía el negocio, se unió al equipo y entre los tres habilitaron el lugar a partir de la recolección de elementos que fueron encontrando en ferias, demoliciones, calles y vertederos. En tres semanas ya tenían el mobiliario y utensilios que necesitaban para recibir a sus primeros comensales, en una atmósfera peculiar y estética. Detrás de las sillas viejas o de los diferentes tipos de vajilla que se distribuían sobre mesas con patas de distintos materiales, se escondía un valor simbólico que con el tiempo se fue convirtiendo en deseo.

Ex-Restaurant La Jardín:
La Jardín abrió sus puertas el 2013, el espacio comenzó a tomar vida y rápidamente se convirtió en uno de los restaurantes más taquilleros de la capital. Dos años después, cuando en su exterior habían surgido lomas verdes con plantas, una fuente y una serie de habitáculos que incluían hasta un cine, a La Jardín le llegó el momento de cerrar sus puertas el 2015 para albergar al nuevo Restaurant La Diana. Para su desmontaje se organizó un verdadero ejército que se encargó de desarmar, seleccionar e itemizar cada uno de los elementos que se habían acumulado en esos meses de vida. Muebles, lámparas, servicios, palos y plantas fueron guardados, en la espera de encontrar un nuevo espacio que pudiera recibir nuevamente el despliegue de esta puesta en escena.

2. La Arquitectura de La Diana.
Con la reactivación de los Juegos Diana como Centro Cultural surgió en el año 2014, la posibilidad de incorporar al programa un lugar para comer ocupando el espacio de una antigua bodega. El espacio tenía potencial, inserto en un barrio conocido en Santiago y si bien ya existía una estructura base desde la cuál se podía operar, a diferencia de su primera versión, había servicios nuevos que implementar y varios trámites pendientes para lograr la habilitación del edificio como restaurante. Esta vez no bastaba sólo con el entusiasmo y conocimiento práctico de Cristóbal Muhr, sino que se requería de una visión más técnica que podía entregar un arquitecto. Diego Vergara, arquitecto de la Universidad de Chile, se incorporó al equipo para dar un apoyo técnico a todo el proceso de habilitación, que incluyó desde el dibujo de planos, tramitaciones de permisos e implementación de instalaciones eléctricas, agua potable y alcantarillado, fosas, entre otras cosas y considerando las ideas de Cristóbal, respecto a la atmósfera y experiencia sensorial en los espacios de La Diana.

Cristóbal:  Fue muy interesante trabajar con un arquitecto. Yo no había trabajado con uno antes… pero por otro lado mi papá es arquitecto, y he vivido rodeado de ellos, lo que me permitía tener ciertos criterios. Pero solucionar las cosas técnicas en el papel yo no lo podía hacer y Diego, dibujando los planos, podía detectar problemas que yo no veía.

Diego: Ahí viene la pega del arquitecto como complemento a todo este caudal de ideas, objetos, espacios, intenciones. De alguna manera el rol de la arquitectura acá, fue el de canalizar toda esta energía para poder cumplir con el objetivo.

Se decidió comenzar bajo la idea de funcionalidad, aprovechando un núcleo estructural pre-existente compuesto por 9 módulos de 6×6 metros. En uno de los extremos del volumen se instaló el bar y en el extremo opuesto, la cocina, sobre la cuál se montaron bodegas y oficinas. Con los espacios funcionales resueltos, ya se podía dar inicio al diseño de un layout de ideas que Cristóbal tenía en mente, como la construcción de altillos, una torre invernadero, circulaciones de escaleras, puentes colgantes y la apropiación del espacio vertical de 6 metros de altura. Al desafío que suponía el proyecto, se añade el hecho de ser un inmueble de conservación histórica, lo que significó que cada permiso solicitado debía ser aprobado no sólo por el municipio, sino además por el Consejo de Monumentos Nacionales; con estas condicionantes, Cristóbal y Diego se embarcan en un proceso de diseño que se fue dibujando en un diálogo constante; en éste, el arquitecto ajustaba estratégicamente cada línea proyectada con el fin de mantener en equilibrio la normativa a cumplir y el ímpetu creativo del actor. El resultado, una obra que a primera vista se ve suelta e intuitiva. Uno no imaginaría que detrás de esta soltura hubo la mano de un arquitecto; resulta divertido además, pensar que la mesa que ocupamos hoy, en un balcón a unos 3 metros de altura que conecta a través de una escalera de caracol con el primer piso, fue diseñada estratégicamente para poder contar con la aprobación de un prevencionista de riesgos.

Diego: 
Es bonito el juego de este edificio de llevar al límite la normativa. Teníamos altillos de 1.90 mts. de altura pero la habitabilidad mínima era otra, entonces teníamos que replantearnos su diseño. Yo estoy de acuerdo con lo que planteas tú de que este es un edificio que parece no tener arquitecto… Aquí el arquitecto tenía el rol de ser el que pone los límites al ímpetu, pero por otro lado, le daba tiraje a algo que te sorprendía en todo momento.

Ya con el proyecto aprobado, se pudo dar inicio a la construcción de la obra, que contó con el apoyo de Co-Energía una cooperativa de trabajo interdisciplinario que cuenta con arquitectos, ingenieros, abogados, soldadores y maestros carpinteros. Le presentaron a Cristóbal un modelo de trabajo que le interesó y que incluía la posibilidad de quedarse con los saldos de materiales que no se ocuparan en la obra. El trabajo de la obra gruesa duró 4 meses, después de los cuáles venía el capítulo que el actor esperaba con ansias; dotar de sentido cada uno de los espacios, completándolos con la incorporación de diferentes materiales, texturas y objetos.

Diego: Yo tenía esto diseñado en mis archivos con líneas y planos, sin materialidades o texturas, y cada vez que venía acá a revisar los avances de la obra, me sorprendía con que Cristóbal había encontrado un pedazo de reja que había puesto en algún lugar… Cristóbal se puso a hacer de cada rincón un micromundo. Había algunas cosas de la obra gruesa que a mí me gustaba como se veían, pero Cristóbal me decía, ‘no, ahí me imagino un mini teatro’, entonces le ponía un riel, unas cortinas y unos monos.

Cristóbal: Claro, hay una bodega en la copería que tú la abres y aparecen unos monos detrás. Yo le pregunté a Diego si debía ir pintado blanco por normativa y como me dijo que no, lo dejamos… Tú subes a la oficina y hay un tigre dientes de sable que te mira…

Tal como en sus experiencias anteriores, Cristóbal no traía un concepto previo de cómo o con qué solucionaría terminaciones como algunos revestimientos o incluso las barandas de las escaleras. De esta manera, parte de su rutina diaria era la de ir recolectando elementos que le parecieran de interés para luego ver, de vuelta en el lugar, qué objetos funcionaban con otros y a qué espacios se debía llevar nueva vida.

Cristóbal: No era como que yo me imaginara poner una escalera con balaustres de madera en alguna parte, sino que más bien, iba a las demoliciones, encontraba los balaustres y pensaba, “para qué me podrán servir?”. Me llevaba unos cuantos y luego de vuelta en la obra iba viendo en qué parte podían ir. Fui acumulando materiales en los rincones y cuando entendía para qué me servía cada cosa, la instalaba.

Diego: Uno de tus mejores proveedores fueron los traperos de Emaús. De hecho, de ahí salieron las muletas que arman la escalera en la entrada…

Cristóbal: Ah sí! Eso a mí me da risa… La gente se asombra y dice “Oh! Esa escalera, qué genial la idea!” pero la escalera surgió como una cosa súper natural… Esa escalera no tenía barandas todavía y las muletas yo las tenía guardadas debajo. Llevaban como dos meses ahí, hasta que un día una amiga las sacó para verlas y dejó una apoyada en esa escalera. Ella misma me dijo, “Podrían ir armando una baranda porque las muletas son para apoyarse!”

Diego: Y ahí Cristóbal me llamaba para preguntarme: Oye, una baranda de muletas cumple con la norma?


Para ver más de su espacialidad:
Panorámica 1: Haz CLICK AQUI en LA DIANA en 360°
Panorámica 2: Haz CLICK AQUI en LA DIANA en 360°


3. El jardín de La Diana
El amor de Cristóbal por los objetos es superado únicamente por la pasión que siente por las plantas. De hecho, la forma en la que decide el lugar en que debe ir cada objeto, es pensando un poco como si de plantas se tratara. Las plantas deben estar ubicadas dónde mejor se dan de acuerdo a su ambiente o si no, se mueren.

Cristóbal:Cuando no tengo nada que hacer me paseo y ordeno, agrupo cosas que se parecen, armo montones, veo cómo la gente circula y qué le molesta. Ya cuando veo que hay una mesa que por tercera vez quedó en otra posición, entiendo que tiene que ir en otra parte. Esa circulación y esa observación es una experiencia. Lo mismo pasa con los espacios, o que haya mesas más exitosas que otras. El otro día un amigo nos decía, “oye súper bonito el restaurant pero me tocó una mesa súper encerrada y quedamos como sentados en el suelo”. Justo había otra persona al lado que saltó en su defensa: “La mesa de los cojines! Esa mesa es espectacular, el otro día estuve con mis hijos y nos encantó. Vamos a reservar esa mesa siempre que vengamos”. Experiencias distintas.

Desde nuestra mesa se pueden observar una serie de cables, poleas, cuerdas y mangueras que parecen estar ubicadas estratégicamente para esquivar la presencia de maceteros y lámparas que cuelgan en diferentes alturas.Esta seguidilla de objetos colgantes dotan de cierto espesor al vacío vertical de 6 metros de altura. Sin esta telaraña, el espacio se percibiría completamente distinto y la sensación de vértigo quizás no nos permitiría sentir tan cómodos sentados en nuestro pequeño altillo. Mediante un sistema de piolas de acero y poleas, Cristóbal logró acceder a ese espacio aéreo para poder ir rellenándolo con nuevos objetos que traerían vida y luz, y que facilitarían procesos prácticos, como la revisión de plantas en los maceteros y el cambio de ampolletas.

Diego: Haciendo el proyecto eléctrico, Cristóbal me pedía muchos enchufes arriba, en algunos sectores estratégicos . Era como armar el andamio de lo que después él iba a expresar. Los cables y los enchufes pasaron a ser parte de la estética del lugar.

Cristóbal: Hay dos sistemas eléctricos, uno fijo de red de fuerza y uno de iluminación. Las luces son puras lámparas enchufadas, por eso tanto cablerío… Mis amigos iluminadores me molestan. Me dicen que la esencia de la iluminación es que la fuente de la luz no se vea y yo, al revés, quiero que se vea la fuente y no me importa si ilumina!

La red de cables que alimenta con electricidad cada una de las lámparas, se intersecta con un sistema de mangueras que riega por goteo cada una de las plantas. La mantención de estas, al estar ubicadas en maceteros y a diferentes alturas, se hace mucho más difícil que si se tratara de un jardín de superficie. Cristóbal implementó tres sistemas de riego que nacen del interior de la torre de ventanas. Esta torre es una especie de invernadero que abraza una escalera de caracol desde la cuál, sólo personal autorizado, puede llegar hasta los lugares más altos de La Diana. Aquí también se encuentra el corazón que mantiene con vida el jardín colgante y que desde una llave roja, una verde y una amarilla, bombea agua en diferentes intensidades, dependiendo de la cantidad que cada planta necesita.

Cristóbal: Las plantas las conozco todas. Ponte tú, estas de arriba, el papayo y los cactus, se conectan al sistema rojo, pero por ejemplo allá hay una columna conectada al sistema amarillo porque necesita un poco más de agua. Después, el agua que sobra drena por los tubos blancos y puede caer en otra planta o termina cayendo todo en una pileta que también está en el invernadero. Yo tengo un cuaderno donde anoto cuánto riego les estoy dando para ver si crecen bien. Ese plátano ponte tú, está teniendo problemas porque le pusimos un ventilador al lado…

Haz click aquí para ver el Reportaje de T13: # HAY QUE IR A LA DIANA

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Barrio San Diego, Cristóbal Muhr, Diego Vergara, Restaurant La Diana

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